Taurus y Cetria

Por: Paulina Calderas

Taurus había nacido diferente; pero no lo supo hasta que un día se pinchó los dedos con la lanza de varios jóvenes que yacían en el suelo de la habitación; no pasaba nada, eran tan infinitas que rara vez caminaba por la misma  más de una ocasión. Sí, sus cuartos eran incontables espirales retorcidas de ladrillos infinitos, uno tras otro, donde cuando estaba aburrido, se ponía a pintar.

El día que se pinchó, enloqueció de una frenesí exquisito: sabía de su inmortalidad, así que derramar mil litros de pintura, en vez de sangre, había sido un descubrimiento magnífico. Después descubrió que el líquido que secretaba por las adoloridas yemas, plasmado en las paredes cobraba vida, así que digitaba cual concierto dionisíaco una serie de lunares en cada una de las paredes del Laberinto, para que se convirtieran en cuadros mágicos, que le explicaban por qué había sido confinado a ese lugar, donde las sombras se apoderaban de él y la soledad tejía un nudo corredizo sin techo a donde colgarlo. Sabía que su cosmicidad lo libraba de soñar eternamente, así que la agonía se podía prolongar un milenio sin que muriera, podía jugar a que sería el último día un millón de veces, fue ahí donde comprendió que si se caía podía levantarse inclusive aunque se rompiera las piernas. No estaba exiliado, había sido apartado del mundo por ser especial. También gracias a eso descubrió la pintura.

Se dedicó entonces a juntar puntitos de colores para hacer murales completos de lo que era: un hombre y una bestia, comprendió la magia que guardaba su físico, mitad uno mitad lo otro, los cuadros hablaban por sí solos, él tomando los a los de ellos y ellas, por que lo necesitaba, pero había un misterio, uno. Ella, Cetria.

Yacía sobre casi todos los cuadros desnuda y muerta o dormida, la amaba sin conocerla, no sabía si recordaba o imaginaba pasar sus dedos por el cabello de aquella dama y un día la soñó, le dijo suavemente su nombre y la razón por la que se encontraba en ese interminable e innumerable lugar, parecía un castillo una fortaleza que lo aislaba del mundo… y quizá de ella.

Entre un idioma que sólo ellos comprendían se transmitieron transmutable códigos silenciosos y al final lo supo, la inmortalidad no es tal si tienes un límite, tenía que encontrar el modo de llegar al estrato celestial más alto sin quemarse las alas como aquel ingenuo, y entonces se fundiría con el sol y no en él.

Ese día dibujó un profundo y tridimencional pozo y en el techo una cuerda, antes de cerrar los ojos vislumbró como unas alas esmeralda lo cubrían como un manto, fue el último día que derramó pintura por sus venas y junto a ella, esa hada cetrina, que ahora se fundía a él y le enseñaba a volar, comenzaba una historia contada en uno de los idiomas más puros e intraducibles: el del amor.

Al final, se convirtió en hombre y encontró la inmortalidad en los ojos de ella y de su nueva amante: La pintura.

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