Un astro, una Diosa

POR FREYA INFANTE

El ocaso se hacía presente en aquel pueblo llamado San Joaquín. Como todas las noches la gente salía a ver la preciosidad del fenómeno natural que se presenciaba día con día. Todos, contemplaban desde los pequeños balcones de sus casas, aquella majestuosidad irradiante. Ahí estaba Metztli, recargada sobre los barandales opacos de su balcón, esperando la llegada de Antara, que la acompañaba con sus recitales noche tras noche.

Daban ya las 19:00hrs y Metztli no veía la aparición de su amado, trató de distraerse un poco y platicar con los rosales de su balcón, de pétalos con fina textura que guardaban entre sí olores dulces, reflejando una parte de la esencia del hogar, su propia inefabilidad. Los rosales le hacían más gala a su hermosura natural, adornaba sus cabellos rizados con las rosas que tenía, era como si aquellas anhelaran vivir en ella para enarbolar su belleza.

Aquella noche, Metztli había mostrado como nunca la esencia de su ser, la divinidad que contenía dentro de sí. Lucía esplendorosa, como una doncella dentro de un mundo mágico que la contemplaba como el amor encarnado. Pero Antara no había llegado. Metztli no vislumbraba su tan valiosa presencia, y el pueblo de San Joaquín se opacaba, perdiéndose entre las montañas lánguidas y escuetas.

Metztli, sola, enardecida no concebía otra solución que… Las luciérnagas que merodeaban a su alrededor la hicieron voltear en seguida, quizá estaría a punto de cometer una barbarie, quizá Antara llegaría en menos de lo que esperaba. Las luciérnagas, guardaban el toque peculiar que hacía de esas noches inolvidables, con esa resonancia estruendosa, rápida y continúa, y aquella luz que daba vida, alumbrando a los dos enamorados, en medio de la proclamación de amor más bella que pudiese existir: la poesía.

Sin duda, aquel día todo cambiaría para ambos, y no era de sorprenderse, Antara siempre era puntual, no había día en que el reloj comiera su tiempo. Antara, hombre de letras, seductor natural, se había enamorado de aquella chiquilla de apenas 17 años, con caderas prominentes, busto pequeño, rizos interminables, sonrisa implacable, de voz angelical, y de piel dorada. Era natural, en el pueblo no había hombre que no se fijara en ella.

Antara escribía para un diario, lo llevaba en su nombre, era irreversible su amor a la poesía. Un día todo dio un giro inesperado, al ver bailar a Metztli, y notar su pasión al momento de deslizarse sobre aquella vieja explanada del pueblo, se dio cuenta que había encontrado a la musa perfecta. Nada sería igual desde aquel momento.

-¡Hombre!, deja de mirar a la muchacha de esa forma, que se te van a salir los ojos -susurró Juan, un editor del diario.

-Calla, calla, que he visto a ¡la mujer más hermosa! -exclamó Antara con fogosidad.- Ahora esa cría será mía, sin duda tiene que ser la madre de mis hijos, no la dejaré escapar.

La joven moviendo su larga cabellera, contoneando las caderas, logrando atraer la mirada de los hombres que estaban ahí, se acercó al poeta, dándole la oportunidad de cortejarla, sin restricciones.

-¡Que el infierno me lleve al abismo, si no he de estar en tu paraíso, dichoso aquel que logre conquistar tu corazón, que logre aprisionar tu divinidad, no por un tiempo, sino por una eternidad! -le manifestó Antara a Metztli.- ¡Dichosa tú mujer, que haces bendito el suelo por donde caminas, dichosa tú mujer de las rosas interminables y de la belleza en su máxima expresión!

Aquellas palabras habían conquistado el corazón de Metztli, una inocente jovencita, que anhelaba encontrar el amor. Estaba influenciada por todas aquellas novelas que leía, veía el amor como una piedra preciosa, divina, que sólo podían sostener los arduos amantes. Contemplaba, cada que salía a su balcón, a las parejas que se veían al anochecer, un tipo de Romeo y Julieta, amores secretos, amores nocturnos.

-Pasa a las 18:00hrs, en la calle de Palomas, al número 158, para observar la belleza del ocaso, te espero, no me falles-. Fueron las palabras que Metztli le dio a Antara y que le llenaron de ilusión.

Desde ese día, Antara llegaba puntual, y recitaba poemas para su amada, aludiendo a su belleza y simpatía natural. Jamás pudo alcanzarla, siempre se encontró tan lejos y tan cerca de ella, era una sensación inexplicable. El balcón que guardaba una armonía entre sí, que era tan frío, pero tan deslumbrante si ella estaba, los separaba, no les permitía alcanzar los laureles del amor.

Era cosa de costumbre, las señoritas no comprometidas no podían recibir a hombres que no fueran de la familia, el pueblo las juzgaría, y como siempre pasa, las terminarían involucrando en una sarta de chismes que les quitaría prestigio, que las haría ver como mujerzuelas. No importaba todo eso, lo que importaba eran sus visitas, pensaba Metztli, ellas le daban vida, la hacían incorporarse a una especie de complicidad con Antara, sólo ellos dos sabían que sus corazones estaban ligados. Hasta que todo cambió.

Nunca llegó, Metztli lo necesitaba, al no encontrar su presencia, se sumergió en las lágrimas, tan peligrosas para ella, no pudo contener su desesperación, no pudo remplazar su ausencia. Volteo al cielo que se inundaba de figuras asimétricas que le llamaban: ¡Metztli, Metztli, ven es hora de volver!, aquellas palabras le parecían una llamada inesperada, desafortunada, ¿cómo podría irse sin ver a su amado? ¿Cómo la vida podía robarle la felicidad?

Una, dos, tres… mil figuras volaban en el cielo, la invitaban a abandonar su balcón, la invitaban a abandonar la vida. Esas figuras, que para los demás se tornaban como estrellas, para Metztli se convirtieron en una especie de demonios que querían arroparla y retornarla a su origen.

Esos demonios, tan sonrientes y burlones la raptaron de su pequeño paraíso. Era de esperarse, la diosa tenía que regresar a lo que era, su belleza inexplicable, su audacia y sabiduría eran producto de una sola cosa: ella era la luna misma. Por eso añoraba los atardeceres y noches, era su momento favorito, su momento de esplendor. Sin embargo el amor la había consumido, había hecho que se olvidara de lo que era, que dejara su poder a un lado. Ella habría dejado todo, si Antara hubiera aparecido esa tarde, si Antara no le hubiera fallado.

Antara enfermó, no pudo acudir ese día, pero la preocupación que lo albergaba se hizo latente. Corrió al otro día, a la hora que habían estipulado, no la encontró, las luciérnagas ya no merodeaban por ahí, los rosales se marchitaron, el balcón se volvió viejo y feo como había sido siempre, el resplandor desapareció. Antara no daba crédito de lo que pasaba, parecía que todo el pueblo hubiera muerto, no había nadie, se encontraba solo.

Sin temor alguno y por la angustia que cargaba, saltó a la casa, subió al balcón, no encontró nada, la oscuridad lo apresó. Sus lágrimas reflejaban el duelo que estaba llevando consigo, quizá, nunca más volvería a ser el mismo. Metztli desde su vigoroso puesto lo observaba, no sabía si reprocharle su falta o si perdonarlo.

Se vio un destello fulminante, Antara se sorprendió, estaba asustado. Al girar su cuerpo la contemplo ahí, sentada, en la orilla de su balcón que retornaba a la vida, acariciando sus rosales, el pueblo revivió con ella. Pero Metztli no pensaba quedarse, le dijo: -He venido por ti, para que vivamos una eternidad juntos, toma mi mano y vamos al edén, ¿aceptas?-. Nada sería igual desde aquel momento.

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