Alicia

POR PAULINA CALDERAS

¿Te acuerdas, Alicia, que éramos tan jóvenes, tan hermosas y felices? Recuerdo, como si fuera ayer, tu agitado cabello por el viento en verano, tu cadencioso andar en sandalias, tus labios ni rojos ni rosas y tu sonrisa, Alicia, tu sonrisa.

Qué tiempos tan remotos y encantadores; nosotras en la secundaria, en la prepa, en la universidad, en nuestro primer departamento. Las gerberas en el florero, Alicia, las gerberas.

Y tus manos de pianista y las mías de médico y tu ropa de música y mi bata de doctor; ellas en el perchero, en el sillón, revueltas en el piso de la habitación.

Acuérdate de nuestra primera ida al cine, Alicia, de nuestro primer café juntas, de tu rostro impasible cuando a los quince dije que te amaba. Aún te amo, Alicia.

Eras loca como el cuento de Carroll, encantadora como los poemas de Benedetti, apasionada como tú misma, Alicia y siempre eso: tú misma.

Era como un sueño balancearte en los columpios del parque, mirar tus cabellos desfragmentarse en las idas y venidas, verlos brillar vitralinos ente los rayos del sol presurosos por filtrarse en tu melena, Alicia, en tu enervante cabellera.

Decirte mis sentimientos era como exponerme frente a la punta del destino Alicia, confesar que te amaba, que aún te amo, era poner mi vida entera en tus manos, en tus dulces y suaves manos, Alicia, en tus manos.

Sonreíste después de mi tarugada, casi te lo grito frente a todos; me tomaste de la mano y pronunciaste mi nombre tan bonito Alicia, ¡tan bonito! tú también me amabas.

Te convertiste en una nueva santa receptáculo de mi devoción. El cosmos podía estar suspendido en tus pestañas y la música celestial hacía eco en tus risitas de hada.

Verano, otoño, invierno y primavera. Todas juntas, tomadas de la mano, en el parque con besitos discretos, qué importaba si pensaban que éramos hermanas, primas, amigas, hijas de alguna puta; no importaba Alicia, nada de eso importaba.

Y ni los inviernos pudieron con su gelidez, ni el otoño con sus lluvias, siempre fuiste más cálida Alicia, siempre tú, enteramente. Ahí donde pisabas crecían flores y donde posabas tus ojos germinaban las estrellas; eras todo Alicia y yo sin ti nada.

Pasamos semanas, meses, un par de años juntas Alicia, todas las mañanas se despabilaban tus ojos dormilones y tu voz ronronera ofrecía un “te amo” de preludio al más perfecto de los días, que a tu lado eran todos, Alicia, a tu lado así eran todos.

Cada uno de los perfumes de las brisas más exóticas, emanaban de tu cuello y las mejores mieles de tu sexo ¡Ay Alicia, tu sexo!

Poco a poco una vez que la soledad de aquellos consumía nuestros soles y cernía sobre ti, mi amada Alicia. La negrura de la culpa y la tristeza convirtieron tus lunas en mares salados emergentes de tus bellos ojos y no sé en qué momento se abalanzó sobre de ti esa idea dolorosa y terrible Alicia, perdón, pero no supe cuándo.

No entendí lo grave que era pedirte que te casaras conmigo Alicia, no pensé que se te nublaran los ojos, no creí que fueras a ver a tu familia llena de luz y les dieras la noticia para regresar con lluvia ahogando tus pestañas; no imaginé, que ellos, Alicia, que tanto dijeron amarte, te rechazaran. Que te maldijeran, que nos odiaran, no supe todo eso hasta que en mi propia tormenta leí tu carta.

Estabas llorando ese día, yo te vi, pero dejé que te desahogaras del dolor que provoca el rechazo, la negación de tu madre, los gritos de tu padre y la ira de tu hermano. Yo también lloraba por los míos, por los tuyos, por ti y por mí, pero estábamos juntas Alicia, juntas.

Y tu perfume de hierba machacada, de sal de mar, de flores ni rojas ni rosas y tus manos, tu cabello bailotero en el viento, tus besos; ah qué besos Alicia, qué besos.

Te amé cuando fuiste sol, cuando te hiciste luna, incluso cuando te convertiste en sombras, y quise curar con besos tus heridas, tejerte un escudo de caricias y recuperar tu armoniosa risa.

Dejé de escuchar el piano Alicia.

Dejé de escuchar tu voz.

Después de lo del puente ya no escuche ni tu respiración.

Ni con todo lo doctora, pude reanimarte, ni con lo que aprendí en la universidad, ni siquiera me ayudó toda la experiencia en el hospital.

El puente a las seis, el vip interminable a las ocho.

Colgué el estetoscopio cuando sin previo aviso el latido de tu corazón guardó un lúgubre silencio.

Te amaba cuando despertabas, cuando comías, cuando después de ese día llorabas y no dejaste de llorar, también te amé cuando todos rezaban, cuando te bajaban, cuando arrojé la rosa blanca justo antes que te arroparan.

Y lloraba tu madre, tu padre, tu hermano y yo; y mientras lloraba Alicia, te amaba. Cambié las gerberas de lugar y te las traigo de colores, una ni rosa ni roja y prometo que mañana, aunque llore porque duermes, te traeré otra igual.

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