A Clarice Lispector

PAULINA CALDERAS

Catalina:
Si te dijera quién soy, no podrías creerme totalmente. Y sin embargo no sabes el aprecio que siento por ti. Me gusta pensar que tus ojos siempre ven más allá.
Te vi el otro día mientras te despedías de tu madre. De entre todas las personas en el andén del tren ustedes, las silenciosas decían más que nadie entre silencios y miradas. Supe en sus ojos y los tuyos que lo inverbable estaba tropezándose entre sus lenguas y ni corriendo detrás del vagón en marcha pudieron decirlo.
Sé que estaban a punto de amarse como se aman las madres y sus hijas pequeñas ¿acaso ahora que eres madre dejas de ser su niña? ¿Qué pasó realmente en la intimidad recordada en el taxi? Hubiera podido alcanzarlas e invitarlas a quererse, pero en realidad no es que estuviera ahí totalmente. ¿Puedo ahora a atreverme a decirte lo que ustedes no se dijeron antes?:
Te quiero.
¿Y luego qué, Catalina? Regresaste descompuesta sabiendo que de hecho sí habían olvidado algo y caminaste por entre las calles y en el autobús pensando que aquello que no dijeron era vital. No parecía que pudieras ser otra sin esa pisca de amor.
Entraste a tu casa y fuiste como los demás sábados ya no una soberana (hasta las 6, claro) de tu espacio sino un mueble más, un adorno especial y móvil que se escurre entre los espacios dejados por la sala o el comedor, un algo útil, hasta ese día. Con el medio útil de tu esposo quien prefería quedarse en el sillón leyendo su sagrado periódico en vez de entregarle aquello a su hijo.
Aquello. Era ahora ¿no, Catalina?, era el momento de enseñarle a tu pequeño a aquel esbozador de verdades lo peor que le puedes enseñar a alguien: el amor.
Eso, lo indecible esa tarde en el tren, era la nueva condena del pequeño ser humano. Sé que no lo hiciste adrede, Catalina, lo sé. Lo sé porque ninguna madre que sea consciente de la terrible realidad haría eso con un ser tan puro como el niño, pero tú ves más allá. Tú con tu mirada sin punto fijo, puedes ver más allá.
¿Y después qué, Catalina? ¿Después del paseo por el parque o la visita a la playa qué? una vez que sepa del amor y sus tristezas lo habrás entregado al mundo y entonces ¿se convertirá, como tú y tu madre, en un mudo de “eso”? ¿Después podrás dejar que vea en ti, su madre, la belleza que yo misma puedo ver?
Porque no eres fea, eres hermosa, eres una buena hija, una buena madre, una buena esposa que ha tenido que enfrentarse como puede a la realidad, eso es lo que yo misma amo de ti, amo tus líneas dibujadas con tal precisión que puedo verte y sentirte y olerte. Saber que eres humana, muy humana, eso me hace amarte.
Con cariño infinito:
Paulina.

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