19 de septiembre, del colapso al levantamiento

JUAN FREDI LEYVA PAYAN

@Fredi_Leyva

¿Nunca habías estado en un terremoto?, yo no, al menos hasta el 19 de septiembre, en México. Es una calamidad muy diferente a lluvias intensas, tormentas o tsunamis; se sacude la tierra violentamente, caen edificios, explotan instalaciones eléctricas… se siente como el fin del mundo.

Quien vivió el terremoto de 1985 en el país lo sabe, se siente como el verdadero fin. Porque lo es, para muchos. Hoy, 19, murieron más de 200 personas y a 20 millones les cambió la vida.

¿Dónde te agarró el temblor? Estaba en la oficina, un día cualquiera. Repentinamente todo se sacudió “qué carajo”, todos pusimos cara como desconcertados, hablando de segundos quizá más por instinto que por razón, salimos del edificio, cuando en el umbral de la puerta el paso normal era imposible: la tierra sacudió las calles como si una ola pasara por el pavimento y recorría la ciudad completa.

Minutos antes del terremoto hablábamos sobre el simulacro de 1985, que no realizamos porque la alerta sísmica no se escuchó, ni entonces ni ahora, no se escuchó.

 

1985

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Alrededor de las 7 de la mañana del 19 de septiembre, un terremoto de 8.1 grados con epicentro en Michoacán, sorprendió al Distrito Federal, la ciudad colapsó y el panorama se pintó de edificios caídos y muertos en las calles: era como el fin del mundo, un acontecimiento que marcó la vida de los mexicanos, más de 10 mil muertos, fue la cifra oficial. Desde entonces se conmemora cada año, el 19 de septiembre a las 11 de la mañana con un simulacro a los fallecidos de 1985, cuando nadie imaginó que un sismo podría colapsar una sociedad y a la vez, hacerla renacer en la solidaridad.

 

Lo primero que pensamos

 

Así somos los mexicanos, sentí el terremoto eterno, tan intenso que pensé que en cualquier momento se iba a caer un edificio o abrirse un socavón en el suelo. Cuando por fin se calmó la tierra, lo primero que pensé fue lo mismo que todos los demás: dónde podría ayudar, dónde pasó algo más que el oleaje el pavimento. Cerca de 44 puntos en la ciudad colapsaron y se presentaron tres incendios, pero la ayuda fue pronta y abundante, tanto que las mismas autoridades señalaron que era suficiente ayuda.

Lo segundo que pensé fue lo que todos los mexicanos pensamos: “mi familia”. Desconcertados, dejamos el centro de trabajo tras confirmar lo que ya sabíamos, no hay sistema eléctrico, ni telefónico ni de internet y el transporte totalmente colapsado.

Mientras caminaba veía gente en la calle y buscaba si algún sitio necesitaba ayuda. Al encontrar que no había edificios colapsados por mi zona, me dispuse a buscar a mis familiares, como todos, pues las calles se llenaron de peregrinos al no darse abasto el transporte ni las calles, el panorama era de miedo, multitudes en las calles, autos varados, gritos en todos lados.

 

2017

 

El 7 de septiembre azotó a Chiapas un terremoto de 8.2 grados, el más fuerte en cien años. Ocurrió en la noche. A veces, dormido, siento como si me cayera, como un pequeño espasmo o a veces también he sentido como si me meciera una ola. Sentí un gran estremecimiento, el barullo de mi familia en el pasillo me confirmó que no se trataba de un simple espasmo, “¡Fredi!”, escuché y me levanté, justo en las escaleras entendí la magnitud del terremoto, pues no pude bajar con facilidad.

En la calle, miramos los edificios meserse, la electricidad fue cortada y volvió media hora después. Lo increíble: no se reportaron daños en la ciudad de México, habíamos superado sin daños fuertes el peor sismo de cien años. El 8 de septiembre ocurrió otro temblor, con epicentro ¡en Tlalpan!, al sur de la ciudad.

Pero en Chiapas, Oaxaca y Guerrero no fue así. Edificios gubernamentales y hogares colapsaron y dejaron a cientos de damnificados. No terminaba de enviarse la ayuda a las comunidades afectadas cuando, el 19 de septiembre volvería a rugir la tierra.

 

Otro 19 de septiembre

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El panorama fue el mismo por avenidas enteras, gente en las calles, autos detenidos, escombros en las banquetas, desconcierto e incertidumbre. Las redes no existían. Prendí mi radio y conforme caminaba trataba de identificar qué edificios habían caído, pues mi hermano trabaja en el centro, la zona más peligrosa de la ciudad al ser construida sobre el antiguo lago de Texcoco.

No imaginé que haría la caminata más larga de mi vida. En el oriente de la ciudad, donde se registraron tres incendios y no volvía la energía eléctrica pronto.

El transporte público no era opción, el Metro dejó de funcionar, los semáforos estaban inservibles y el transporte no se daba abasto.

No pensábamos bien, sólo seguíamos el impulso de caminar, con dirección hasta nuestro hogar. En Ermita y Plutarco Elías Calles el fuego nos cerró el paso: en los cables que corren encima de la avenida se presentaron explosiones que nos hizo detenernos. Intenté llamar al 911 pero la red continuaba caída, vencida.

Una patrulla cerró el paso a los vehículos mientras las explosiones seguían en los cables eléctricos, nos quedamos detenidos con el miedo de que éstas se extendieran a los demás cables que colgaban sobre nuestras cabezas.

Cuando se detuvo el fuego seguimos caminando, sin un plan específico más que llegar a nuestro hogar, aunque la caminata era de más de 30 kilómetros. Sobre la avenida, otra explosión nos alertó, fue un transformador, no sabíamos si temblaba de nuevo o caían los cables eléctricos, nadie sabía nada.

Ríos de gente corrían por las calles, el transporte repleto y los autos varados en avenidas llenas con semáforos descompuestos.

 

La locura

 

Sobre Ermita Iztapalapa y calzada de La Viga el caos era total, sin semáforos, cientos de autos intentaban avanzar a la par que ríos de gente que, como peregrinos, caminábamos para intentar llegar a nuestras familias. De pronto, un automovilista perdió la cordura y aventó su auto contra la multitud, todo mundo se echó a correr, se aventó y algunos nos refugiamos en un local cercano, pero en medio del tráfico, el responsable del atentado se detuvo, al momento que una muchedumbre enardecida golpeaba su auto, coléricos por el intento de atropellamiento. Al verse atrapado, el automovilista se arrancó en reversa en un nuevo intento por atropellar a la multitud, de inmediato respondieron con palos y piedras hasta que rompieron el parabrisas del auto que finalmente se dio a la fuga, la policía estaba rebasada, todos lo estábamos.

 

La otra cara de la moneda

 

Terminamos varados. Cansados, esperamos un transporte con espacio para movernos, no estábamos ni a la mitad del camino a casa y no sabíamos a ciencia cierta sobre nuestros familiares. Esperando transporte una voz nos preguntó “¿para dónde van?”, “Hacia Constitución”. Desde 1985, los mexicanos aprendimos a ser solidarios, Pablo González, como muchos otros ciudadanos en otras partes de la ciudad, nos subió a cuatro personas desconocidas en su auto para llevarnos por la avenida. No había semáforos y las avenidas estaban colapsadas. Mientras viajábamos, escuchamos en la radio, habían pasado tres horas desde el terremoto, varios edificios se derrumbaron, cortes a la electricidad, y lo peor, una primaria derrumbada con niños atrapados, la escuela Enrique Rébsamen se quedaría con la vida de 25 personas, la mayoría, niños.

 

Y viene otro temblor

 

A inicios del mes me enteré del rumor de que el 23 de septiembre se acabaría el mundo (otra vez). Después del terremoto del 7 de septiembre se divulgó en redes sociales un video de un sujeto que afirmaba que vendría un sismo mucho más fuerte y que el gobierno (como siempre se dice) lo sabía todo.

Este 19 de septiembre, después del simulacro se presentó el sismo de 7.1 grados con epicentro en Puebla. Aunque de escala menor, la cercanía provocó más impacto en la Ciudad de México. Es imposible predecir un terremoto, mucho menos el fin del mundo. Lo que sí sabemos es que estamos en una zona sísmica, en cualquier momento puede ocurrir un sismo. Constantemente se manifiestan algunos de baja intensidad que no cobran gran relevancia periodística.

No se va a terminar el mundo, pero un terremoto es una calamidad muy diferente a lluvias intensas, tormentas o tsunamis; se sacude la tierra violentamente, caen edificios, explotan instalaciones eléctricas… sí se siente como el fin del mundo, desafortunadamente, para muchos, lo es.

 

Epílogo

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Al llegar a casa no había electricidad y se encontraba vacía, sólo una nota en la mesa “Fuimos a buscarlos”. La energía regresó por la noche, la radio era la única compañía. Al oscurecer, todos llegaron a casa, sanos, salvos, desconcertados, platicamos nuestras experiencias, contactamos a los demás seres queridos.

A la mañana siguiente del temblor el panorama era una mezcla entre esperanza y desasosiego: camiones de la policía, el ejército y protección civil con brigadistas para ayudar, tráileres con escombros circulaban por la ciudad, autos con despensas y ayuda para los centros de acopio, brigadistas regresando a casa, cansados, relevados, la labor no termina, más de 200 muertos, cientos sin casa ni recursos, el país está de luto, desde hace tanto tiempo.

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